Vamos a -dejar de- contar mentiras tralará.

Estas Navidades he estado dando muchas vueltas a las mentiras que les decimos a nuestr@s niñ@s.

De entrada con los Reyes Magos y Papá Noel. A veces pienso que no deberíamos contarles tremenda patraña, que sería mejor que supieran lo que pasa de verdad. Luego veo a los niñ@s superilusionad@s y nervios@s, pasándolo pipa en la cabalgata, esperando que pasen los Reyes para darles su carta y dudo. Quizá no sea para tanto, pienso.

Tenemos esa mentira tan arraigada en nuestra cultura, para nosotr@s es tan normal, es tan mágico y bonito que lo damos por bueno. L@s adult@s de hoy también nos lo creímos en su día, descubrimos el engaño, lo superamos y tampoco nos ha pasado nada, o eso creemos…

Peor que lo de los seres mágicos que traen regalos, son las mentiritas que, a veces, les decimos.

Y que además no sirven para nada.

Estas Navidades fui con mi madre y mis tres sobrinas a una tienda de esas que vende de todo. Necesitábamos un cojín. Mi madre subió a la primera planta con C., que tuvo que acariciar tooooooodos los cojines para poder elegir uno en el que durmiera su perrita. Yo me quedé en el piso de abajo con la pequeña M. y la mayor Mg. No paraban de correr y de intentar tocarlo todo. Claro, todo lleno de luces, adornos de Navidad a los que no les cabía un brillo más, juguetitos por todas partes… Pude contenerlas un rato, me inventé un juego, me senté con ellas en el suelo, les conté mil historias, pero tienen 5 y 2 años, esa energía no se puede contener demasiado tiempo.

Total que una de las veces les dije: ¡chicas! ¡Paren de correr porque el señor de la puerta se va a enfadar, que no se puede correr en la tienda, hombre! No me hicieron caso, creo que ya les han contado esta mentira más veces. Pero lo mejor/peor fue que el señor de la puerta se murió de risa, llamó a las niñas y les empezó a hablar en chino. Les enseñó a decir algunas palabras, la mayor las repitió enseguida, la pequeña lo miraba con los ojos como platos. Después les explicó que él no podía decir peRRo ni caRRo, las dos se morían de risa…

Así que el señor no solo no se enfadó sino todo lo contrario y mi mentira fue una basura total que no sirvió para NADA.

Si no te tomas la leche, no crecerás.

Si no te pones los zapatos, te pones mal@.

Si no te portas bien, no te voy a querer (Esta es tremenda,¿eh?)

No podemos ver la TV porque está rota.

Todo por no enfrentarnos a la verdad. Suena un poco dramático, pero es cierto.

Normalmente decir que NO a un niñ@ conlleva un a reacción no muy agradable. Se frustra y llora o algo peor. Otras veces ni siquiera lo que nos preocupa es esta reacción, si no reconocer que nos hemos equivocado absolutamente y que somos nosotr@s los que hemos provocado todo.

Si yo me hubiera llevado a las niñas al parque en vez de a la tienda, no hubiera tenido que inventarme nada, claro que ellas tampoco habrían aprendido chino.

Si contamos mentiras a los niñ@s, los niñ@s aprenden a decir mentiras.

Toman como normal ocultar ciertas cosas, no confían en su criterio y no hablan con claridad. Y cuando nos descubran y sepan que lo que les dijimos no es verdad, nos van a tomar por el pito del sereno y van a seguir corriendo por los pasillos…

Para no contar mentiras primero debemos ser conscientes de que mentimos.

Probablemente mucho más de lo que pensamos y seguro que para empezar, a nosotr@s mism@s.

Para no mentir tenemos que decir lo que pensamos o sentimos, de un modo respetuoso y calmado, siendo claros y sintiéndonos seguros de que lo que decimos, es lo que queremos. En esto consiste ser ASERTIVO.  Para que nuestr@s niñ@s lo sean, los adultos que les rodean tienen que serlo.

Así que, cuando decidamos decir que NO, tendremos que cambiar las mentiritas por: «quiero o no quiero»,»siento o no siento», «me apetece o no me apetece» y ser valientes para enfrentarnos al deseo del niño diciéndole la verdad. Y más valientes aun para acompañarle en la frustración que podamos provocar.

¿Ustedes qué piensan? ¿Qué mentiritas dicen a sus niñ@s? ¿Nos comprometemos a ser asertiv@s?

 

*Esta entrada está inspirada, además de en mi propia experiencia, en el capítulo 16 del libro El cerebro del niño explicado a los padres, del Dr Álvaro Bilbao. Publicado por plataforma actual en 2015.


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