Predicando con el ejemplo.

En realidad el post de esta semana iba a tratar de otra cosa.

Cuando estaba empezando a escribirlo sonó el timbre de casa. Eran los testigos de Jehová. En realidad los esperaba, el jueves pasado también pasaron por aquí y me dijeron que iban a volver. Venía un señor muy amable acompañado de un niño de 14 años encantador. No supe decir que no. El niño lleva dejando la revista en casa un tiempo. Toca el timbre de cuando en cuando, me saluda muy educadamente, me llama por mi nombre, me explica de qué trata la revista y se va. Yo la ojeo, la verdad, y alguna vez he reflexionado con alguna de las cosas que he leído. El jueves pasado el señor que le acompañaba me preguntó si no me importaba que el niño me explicara el mensaje de Dios. Y yo, que estaba escribiendo el post de no mentir y de ser asertivo, no pude decir que no. Así que hoy les atendí.

Llevaba toda la semana planeando cómo decirle al niño que no quería que nos reuniéramos más.

Pero quería ser respetuosa y no quería hacerle sentir que juzgaba lo que él creía o lo que hacía. Me pareció muy difícil porque era un niño. A su acompañante también le hubiera tratado con respeto, pero no me hubiera importado tanto que no se sintiera bien y le hubiera dicho que no más fácilmente. Es raro de explicar. A mi los niños me pueden y además éste es tan encantador. Me pareció tan educado y tan maduro, que de verdad, me costó una semana entera reunir el valor y las palabras para decirle que no volviera más.

Primero escuché, como me había comprometido, todo lo que tenían que contarme.

No voy a entrar en detalles en este sentido por respeto a los dos. Aunque se pueden imaginar que, si me habían dicho que venían a hablarme del mensaje de Dios, lo que hicieron fue leerme una parte de la Biblia, el Génesis. Quise escuchar porque me comprometí a hacerlo y porque quise comprobar que todo lo que pensaba sobre la manera de entender la vida y la Biblia de los testigos de Jehová, era como pensaba.

Cuando terminaron yo miré al niño a los ojos, le di las gracias y le conté un montón de cosas buenas que había visto en él. Y después le dije que lo que ellos predicaban no estaba en concordancia con lo que yo sentía y creía y que no quería volver a reunirme más con él. Creo que se sintió un poco defraudado, porque estuvimos un buen rato hablando y quizá le di alguna esperanza.

No voy a dar mi opinión sobre el hecho de que sea un niño de 14 años el que vaya tocando a los vecinos para hablar de Dios. Tampoco de que vaya acompañado de un adulto que, al final, es el que habla. Intento no juzgar porque no me sé la historia de ninguno de los dos y sinceramente cuando les hablé un poco de porqué no caso con sus ideas y de porqué no quería que nos reuniéramos más, fueron muy respetuosos y no me sentí juzgada.

Solo digo que fue cómo me hablo un niño de 14 años lo que me convenció del encuentro de hoy.

¿Les ha pasado alguna vez? ¿Ha hablado un niñ@ o les han hablado de niñ@s en determinadas circunstancias y han conseguido convencerles de algo?

 


2 comentarios en “Predicando con el ejemplo.”

  1. Pues sí, me ha pasado. Yo también dedicaba mucho tiempo a hablar con Testigo de Jehová porque quería conocer de primera mano su interpretación de la vida/el mundo, sólo con ánimo de información de «primera mano» y para servirme de entrenamiento para enfrentar ideas con personas que piensan de distinta forma. Yo creo que se hacían ilusiones por la continuidad (y mis padres al contrario, seguro) pero a partir de cierto momento ya no fui receptor de información sino que empecé a plantear la conversación desde el punto de vista de las carencias de su discurso, no imponiendo el mío, sino enfrentándoles a sí mismos a responder a algunos aspectos de conocimiento (que no de religión) que simplemente no los contemplaban o no querían, sin más, contemplarlos.
    Enlanzándolo con lo de los niños…pues que ciertamente, esas visitas solía ser de un adulto con un menor, y mi motivación a ese enfrentamiento de ideas aumentó cuando percibí que el menor que venía en cada ocasión (no siempre era el mismo) mostraba gestos de curiosidad/asombro por mis planteamientos; yo creo que estaba descubriendo otra forma de entender el mundo, otra visión que no imponía sino que le animaba al análisis y cuestionamiento de cosas que seguramente a él le trasladaban como verdades absolutas. La última fue hace un 1 año, y creo que el adulto también se dio por «aludido» en cuanto que cortó la conversación diciendo que yo no era el perfil que buscaban.
    Por eso, siempre en contextos de menores (y de adultos) procuro no imponer que mi idea es la buena porque sí, sino trato de que tengan espíritu crítico de la suya, y por supuesto, abierto a que me den oportunidad de cuestionarme la mía. Es la versión del pensamiento de aquello de «no le des los peces sino enséñales a pescar».

    1. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Nada de imponer ideas. Sin embargo ampliar la visión del mundo propio es fundamental para vivir en armonía con la gente que nos rodea que, algunas veces, es tan distinta a nosotros. Por otro lado ofrecer de manera asertiva a otro la posibilidad de plantearse «cosas», despierta mentes y mueve almas… Probablemente el niño que pasó por aquí la semana pasada tardará un tiempo en olvidarse de lo que le conté… ojalá le haya despertado, como mínimo, curiosidad…


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