Si tienes miedo, CONFÍA.

Jo. y yo paseábamos un montón. Viena es una ciudad muy tranquila y nuestro barrio más todavía.

Solíamos pasear por el Beethovengang (si, el nombre es por el mismísimo Beethoven, que pasaba los veranos allí), íbamos al parque o caminábamos entre los viñedos. Suena precioso y es que era precioso.

Así de maravillosos eran nuestros paseos. Jo. se entretenía recogiendo hojas, nueces, castañas…

De vez en cuando caminábamos hasta la parada del tranvía y nos íbamos al centro o, cuando hacía mucho mucho frío, al parque de bolas del centro comercial que teníamos cerca. Entonces entraban en escena los coches, los tranvías, los semáforos y el «dame la mano».

Un día no me la quiso dar. Ella iba siempre a su aire y llegó un día en que le molestó que le cogiera la mano. Insistí, le pedí por favor que me la diera porque pasaban coches, venía el tranvía, había mucha gente… Y ella que no y que no, que no hacía falta, que no quería. Entonces caí en la cuenta, a mi me daba miedo que le pasara algo y por eso quería tenerla controlada, pero ella no estaba asustada. Se lo dije. Le expliqué a Jo. que me había dado cuenta de que ella no tenía miedo de andar sola por la calle, pero que yo sí tenía miedo de que le pasara algo o se perdiera. Llegamos a un trato, iría sin darme la mano por el lado de la acera que no estaba cerca de los coches y me daría la mano para cruzar las calles o cuando hubiera mucha gente. Estuvo de acuerdo y así lo hicimos de ahí en adelante. Jo. tenía unos cuatro años, más o menos.

Cuando fue más mayorcita ya no hacía falta que nos diéramos la mano para cruzar, pero nos la seguíamos dando porque nos apetecía ir muy juntas. En invierno metíamos las dos las manos en el bolsillo de mi abrigo y, por lo menos, esa que nos dábamos, la teníamos calentita.

Cuando nosotr@s tenemos miedo y no sabemos gestionarlo, nuestr@s niñ@s se contagian y dejan de confiar en sí mismos y en sus posibilidades. Dejan de intentar hacer las cosas. 

Mi amiga L. tiene una niña preciosa de 14 meses que está acostumbrada a moverse con total libertad. L. se pone cerca y la cuida con mimo, pero confía en que es capaz de hacer lo que intenta. De este modo su niña es capaz de bajarse del sillón del salón desde que tiene 8 meses, y desde que ha empezado a caminar hay pocos obstáculos que no rebase, ella se busca el modo de llegar a donde quiere. Pero claro, las escaleras dan miedo. Porque si uno se cae puede hacerse mucho daño. En casa de L. no hay escaleras para practicar, pero en casa de la abuela sí.

Claro que en casa de la abuela además, hay otros adultos que gestionan peor los miedos que L. Así que el día que su hija se animó a intentar trepar por las escaleras, alguien pegó un grito, salió corriendo y la apartó. ¡cuidado, que te matas! Ahora ya no tiene tantas ganas de explorar ni practicar, incluso pide ayuda para bajar pequeños escalones, cosa que antes hacía sola. L. la anima con dulzura y le recuerda las cosas que es capaz de hacer solita, hasta que vuelve a confiar y vuelve a tener ganas de intentarlo.

Hubiese sido mejor ir hacia la escalera rápidamente pero con tranquilidad y quedarse a su lado para evitar algún accidente, animarla a explorar pidiéndole que pusiera atención en lo que estaba haciendo y celebrar cada logro. Si vamos a estar ocupados haciendo otra cosa y no podemos estar pendientes, la escalera debe estar protegida con una puerta que impida acceder a ella sin supervisión.

J. y M. entrenando. Yo siempre estaba cerca por si pasaba algo. No se cayeron nunca.

Los bebés son seres capaces.

Van creciendo y van desarrollando diferentes capacidades según el momento en el que estén. Necesitan tener la libertad de poder ponerse a prueba. Pasa con todos los aspectos del desarrollo. Si no les dejamos practicar les va a costar trabajo cambiar de etapa, incluso puede que se salten alguna, cosa que no les beneficia para nada.

El truco es mantener la calma y estar muy cerca cuando son muy pequeños pero sin intervenir, y aprender a distinguir nuestros miedos de los suyos. Los niñ@s, por naturaleza, están alerta pero no conocen las posibles consecuencias de lo que van a hacer. Nosotr@s sí, por eso tenemos que prestarles mucha atención, pero dejarles hacer. Está claro que si les apetece colgarse de la barandilla de la terraza, o quieren chupar algo potencialmente tóxico debemos intervenir inmediatamente.

Además, la confianza que depositemos en nuestr@s niñ@s hace que ellos confíen en sí mismos y una de las cosas que más puede mermar esta confianza es la sobre protección. Y, estarán de acuerdo conmigo, sentirse incapaz es una sensación horrible, al menos para mi.

Esta falta de confianza en el niñ@ no solo sucede en el plano motor que es el que, a lo mejor, nos da más miedo. Tampoco confiamos en que son capaces de comer sólido, por ejemplo, o capaces de calmarse ante una situación estresante para ellos. Muchísimas veces les «ayudamos a jugar» porque no tenemos la paciencia de dejarles llegar a «la manera correcta de usar el juguete» por sí mismos, así que tampoco confiamos en que, tras una etapa de tirar constantemente los tacos de madera, serán capaces de hacer una torre (claro que antes de apilar, va la etapa de tirar y recoger…)

Si tomamos conciencia de nuestros miedos, confiamos en nuestr@s niñ@s y nos tomamos el tiempo necesario para acompañarles en sus descubrimientos, estos miedos se nos van a ir pasando y ell@s van a ir ganando confianza. Los niñ@s que crecen con confianza serán adult@s segur@s de sí mism@s.

María Montessori decía: «No debemos ayudar nunca a un niño que se siente capaz de lograr algo por sí solo»

Y tú ¿ cuántos miedos tienes?, ¿intervienes mucho? ¿vas a intentar separar tus miedos de los de tus ni@s?

Tengo que confesar que a mi me daba mucho miedo que D., aun sin dientes, comiera trozos en vez de todo molido. Tuve que aprender a confiar en ella, a observarla y comprobar de lo que era capaz. El miedo se me fue pasando poco a poco. Reconozco que se me quitó del todo después de hacer el curso de primeros auxilios para bebés y niños. Que vamos, que tener miedo es natural, y podemos ganar confianza en nosotros mismos con paciencia y adquiriendo nuevas herramientas.